Un ático en Madrid, decorado con muchos cuadros, fotografías, elegante, con una terraza enorme. Una sola habitación, con una sola cama, con dos mesillas de noche. Un solo baño, con una sola ducha, con dos toallas grandes a juego y una de manos. Dos cepillos de dientes. Un salón bastante grande, pero acogedor, y las paredes blancas. Un pasillo donde ir dejando la ropa por los suelos y una sola puerta principal en la entrada. Dos juegos de llaves. Quizás un pequeño estudio con una de esas sillas de oficina y un montón de vuelos en la agenda. Maquetas de aviones y un uniforme. Y al fondo del pasillo, al lado de la habitación, un cuartito con tres paredes de color y una acristalada con vistas de los edificios de la capital. Allí, un caballete, una mesa llena de papeles de todas las medidas y texturas posibles, un mueblecito con todas las clases y gamas de pinturas posibles y un aparato de música moderno. Alrededor de 30 años y una plaza de garaje para mi Audi A6 azul marino con tapizado de cuero marrón, heredado.
Ser adulto para contar historias de cuando erais jóvenes, quizás elegir nombre para dos más, una estantería con álbumes de fotos que se irán quedando antiguas, libros sobre aeronáutica y arte de todas las épocas, enciclopedias muy completas y fotos enmarcadas de momentos que aún no han sido.
Y un schnauzer que se llame Nietzsche.
Y así podría ser, si fuésemos un poco más valientes, ambos.
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