sábado, 3 de diciembre de 2011

Tú.

Sólo imagínatelo. Si ya es bonita nuestra historia, cuánto lo será en unos años más. Me regalaste tus besos, momentos, tantas promesas, tan pocas lágrimas, largas esperas y noches enteras. Todo me lo regalaste a mí. Me regalaste el amor, me prometiste algo más, y yo te prometo, por lo menos,  el tiempo que tú necesites para dármelo todo. Y ese viaje a París. Que aunque tú no lo sepas, he hablado con él, y se alegra mucho de que vayamos.

Con el pelo blanco.

Estaba cansado. No sólo hoy, que había dormido poco y mal. Estaba cansado de envejecer. El tiempo había marcado sus arrugas y había determinado sus pasos. Había configurado sus momentos más tiernos y había dado vida a esa mujer. Le debía tanto al tiempo, y el tiempo le debía tan poco a él que, más pronto que tarde, jugaría con su existencia. Él no tenía miedo a morir, pero sí tenía miedo a la muerte. El tiempo había acabado con esa mujer y a él le había concedido los días suficientes como para sufrir por ello. "Te equivocaste", culpaba al tiempo mientras nada: "No se nos habían acabado los momentos. Te equivocaste tanto, viejo amigo."

Pero yo no sé si habrá respondido a alguien el tiempo. Asumido estaba que se iría sin respuestas.