Y sus caminos. Y sus estrellas, su brisa, su frío, sus tardes y cuando se pone el Sol. Y que por las mañanas, lo primero que vea, sea su luz. No me hace falta mi aire, no me hace falta ni el mío, ni el de nadie. Qué pena que el aire más libre, te deje sin respiración. Qué pena, que el cielo más bonito, te haga cerrar los ojos para sentir su color. Qué pena que mil estrellas me cieguen, y me hagan pasar las noches con otros, para pasar de ellas. Qué pena que las fugaces sólo se vean caer allí, que es donde menos deseos necesito pedir. Qué pena que ese olor no se quede para siempre, y qué pena da que lo que más echas siempre de menos, es lo que te llena más. Qué pena, que las personas que lo construyen te hagan esperar 365 días antes de abrazarles otra vez.
Y qué bonito. Y cuánto me alegro, Villalibre. Un placer, otra vez.
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