Quítanos uno a uno los besos, aráñalos, hazles sangrar. Róbanos esas noches de sexo, desaparécelas, juega con su amor. Intenta entender todo lo que hemos luchado para que esto siga adelante y ponle a prueba. Hazle elegir entre la vida y mi vida, quítale sus sueños, mátale las ganas, tiémblale lo seguro y déjale ciego. Asiéntale su juventud y madúrale los días. Cósele los rotos, báilale lo estático y rompe sus pilares. Cómele las fichas, sácale de juicio, átale al destino y haz que llore. Pero hazlo con cuidado, no le hagas ningún daño, no le sufras todos los latidos que hemos compartido. Y pregúntale si está dispuesto a sufrirlos por mí. Y dime si pronuncia mi nombre.
Necesito la respuesta. Por si viene alguien que pasea, se me acerca y, después de preguntarme por la hora, me promete el cielo sin avisar y me hace volar por encima de Madrid, tan alto, tan fuerte, tan distinto. Entonces, ¿qué?
De tener los pies en la Tierra a que te prometan el cielo. Necesito saber si ya lo tengo.
De tener los pies en la Tierra a que te prometan el cielo. Necesito saber si ya lo tengo.