Y mientras los demás edificios se abrían paso hacia el cielo, en la azotea de éste, Madrid brillaba por la noche. Sólo éste nos vio crecer. Sé lo que pensabas, sentías, lo que querías decir y te callabas, lo bonito que sonaba cuando lo hacías. El viento y tú os retabais a acariciarme. Tuvo que conformarse con la medalla plateada. Las luces pedían a gritos que abriera los ojos para admirarlas, y no tenían nada que hacer contra tu afán por besarme y cerrármelos. Y el silencio de la ciudad incitaba a gritar desde lo alto, a sentirse por encima de cualquier cosa. Sin embargo, ni siquiera pudo empatar con tu forma de callarme. Sé que no tenías miedo. Nunca tuvimos miedo. Nunca fuimos muy sensatos, nunca se nos dio bien eso de mirarnos a la cara a repetirnos las mismas y torturadoras dos palabras que pueden perseguirte el resto de tu vida si eres capaz de decirlas tan sólo una vez. Tampoco se nos daba bien ponernos a pensar, a sentir en voz alta. Nunca aprendiste a abrazar, y yo jamás fui capaz de dormir toda la noche del tirón cuando estabas a mi lado. Nunca fuimos conscientes de la inmensidad de lo que perdimos poco a poco. Y hoy, teniéndote que mirar por casualidad, ha sido incómoda la sensación de saber que ninguno de los dos tiene ganas ya de darse cuenta. Ha sido muy incómoda la sensación de mirar a la cara a un desconocido, ver que lo sabes todo de él y sentir que tienes que callártelo para siempre. Ha sido extraña la sensación de mirar la misma cara que llevo mirando setecientos treinta días entre las sábanas, y descubrir que en apenas catorce, ya no es la misma. Ya no es la misma. Pero, ya sabes, nunca tenemos miedo.
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